Eve Black sobrevivió al hombre que asesinó a su familia casi veinte años atrás. Ahora escribe unas memorias para reconstruir el crimen y encontrarlo. En El hombre nada, de Catherine Ryan Howard, ese libro dentro del libro convierte la investigación en un relato que también llega a quien preferiría que el pasado siguiera oculto.

Jim Doyle, un guardia de seguridad de supermercado, lee las páginas de Eve y reacciona a cada avance. Ella trata de acercarse a la verdad; él mide lo que esa búsqueda puede revelar. El suspense nace de poner en contacto la escritura de una superviviente con una lectura amenazada por sus consecuencias.

La novela trabaja con una forma cercana a las memorias de crímenes reales, pero la incorpora a una trama de ficción. La información tiene así dos destinatarios: quien sigue la investigación desde fuera y quien encuentra en ella un riesgo personal. Howard desplaza parte de la tensión del descubrimiento de una pista al efecto que produce narrarla y hacerla pública.