Un sacerdote cuya fe atraviesa una crisis llega desterrado a Saint Ophiel después de un escándalo que ha puesto su vida en peligro. En La abadía sin ojos, Jordi Wild sitúa a Lorenzo en un monasterio encaramado sobre un precipicio: un destino que debía ofrecerle retiro, pero cuya severidad convierte la llegada en una prueba. El refugio no parece hecho para acogerlo.

La primera barrera es humana: los monjes reciben a Lorenzo con hostilidad. Por los corredores se mueven figuras con los ojos cubiertos, entregadas a murmullos que él no comprende; durante la noche, llegan sonidos desde las profundidades de la abadía. El terror toma forma a través de señales dispersas y de un espacio religioso que, lejos de ofrecer calma, vuelve incierto cuanto ocurre en sus muros.

El malestar sobrenatural se cruza con una crisis íntima: Lorenzo es un hombre de palabra afilada y convicciones heridas, y en Saint Ophiel acercarse a la verdad puede resultar peligroso. Así, la penitencia y la culpa se enlazan con la fe y los secretos del monasterio. La novela plantea un relato de terror en el que la amenaza no solo rodea al protagonista: también nace de lo que permanece oculto.