Para Gilda, el miedo no se limita a la muerte: también alcanza a las facturas, a la familia y a lo que exige avanzar en su relación con Eleanor. Vamos a morir todos, de Emily Austin, parte de esa dificultad para habitar lo cotidiano. Un trabajo conseguido por error como secretaria de la iglesia St. Rigobert la sitúa entre otras personas que tampoco tienen una respuesta sencilla a cómo seguir viviendo.

El párroco Jeff llora después de los funerales; Giuseppe intenta motivar a otros mientras él mismo está desanimado; una anciana aficionada a los gatos intercambia correos con Gilda. Esas relaciones concretan la combinación de humor y vulnerabilidad que propone la novela. La pregunta por la muerte convive con los intentos de encontrar compañía y atender las pequeñas obligaciones del presente.