Antes de que su abuela regrese del bingo, dos hermanas se escapan hasta El Ahorcado, cuentan hasta tres y emprenden la carrera de vuelta. La espera les concede apenas diez minutos para ese juego clandestino. En Han cantado bingo, Lana Corujo convierte una costumbre infantil en el comienzo de una inquietud: una noche ocurre algo que impide volver a entenderla del mismo modo. La novela se instala en esa distancia entre lo que las niñas hacen y lo que todavía no pueden nombrar.

La relación entre las hermanas sostiene una historia atravesada por un secreto. A su alrededor hay una familia con un don que se transmite, pero también se padece; los silencios y la culpa forman parte de ese mundo tanto como el afecto entre las niñas. La violencia de la infancia no aparece aquí como una etapa que baste con dejar atrás. La pregunta que impulsa la novela es cómo seguir mirando alrededor cuando una experiencia temprana ha alterado el sentido de lo vivido.

El bingo organiza algo más que las ausencias de la abuela: los quince números de un cartón se corresponden con las edades de la protagonista que aparecen a lo largo de la novela. Frente a la brevedad de cada escapada, esa estructura abre distintos momentos de una vida. El contraste entre los diez minutos de una partida y el paso de los años sitúa la atención en aquello que permanece, aunque cambie la manera de recordarlo o de comprenderlo.

Lanzarote da forma material a ese universo. El volcán, el rofe y las verbenas acompañan una historia en la que la aspereza del paisaje convive con el juego y con una magia oscura ligada a las hermanas. Corujo, que había publicado poesía y trabajado como ilustradora antes de este debut narrativo, emplea un lenguaje que admite lo lúdico sin apartarse de las heridas familiares. Es una lectura atenta tanto a lo que sucede como a los silencios que quedan alrededor.