En Han cantado bingo, hasta la forma de las letras ayuda a saber quién habla. Lana Corujo usa cambios de caligrafía, fragmentos y silencios para contar lo que una niña percibe de su familia sin poder explicárselo del todo. Esa atención a la página como espacio narrativo enlaza su escritura con su trabajo como ilustradora y directora de arte: la disposición del relato no acompaña simplemente a la historia, sino que interviene en la manera de conocerla.

Del dibujo a la poesía

Nacida en 1995 en San Bartolomé, Lanzarote, Corujo se formó en ilustración y dirección de arte en Madrid y Francia. Trabajó en agencias de publicidad en Madrid antes de regresar a la isla en 2021. También participó en La Carmensita Editorial, dedicada a publicar nuevas voces poéticas, y ha compaginado la creación con iniciativas culturales como el Encuentro de Literatura Verbena. El cruce de disciplinas de su trayectoria importa porque permite entender su interés por construir un libro tanto con palabras como con decisiones visuales.

Su participación en Diarios del encierro, una antología de relatos escritos durante el confinamiento, precedió a dos poemarios: Ropavieja (2021) y Nueve dos ocho (2022). En el primero, la enfermedad adquiere presencia a través de Caraperro, un personaje concebido a partir de la depresión pero capaz de representar otros padecimientos. La relación de una hija con su madre enferma sitúa además el cuidado en el centro del libro: no como una idea abstracta, sino ligado al cansancio y a los actos cotidianos. Esa atención a lo que ocurre dentro de una casa encontrará otro cauce en su narrativa.

Lanzarote, escenario y presencia

Publicada en 2025, Han cantado bingo es su primera novela. La infancia de dos hermanas transcurre en una familia marcada por la desatención, mientras un volcán inventado, el Ahorcado, adquiere peso en el mundo que las rodea. Corujo ha explicado que, al volver a Lanzarote, comenzó a imaginar qué pasaría si el paisaje pudiera mirar a quienes lo habitan. Así, la isla volcánica deja de ser un fondo pintoresco: alimenta la percepción infantil de la amenaza y abre un lugar para lo imaginado dentro de una historia familiar dolorosa.

La novela no permanece encerrada en la niñez. Sigue a su protagonista durante la adolescencia, la edad adulta y la vejez para mostrar cómo cambia su relación con una pérdida temprana. De pequeña ve y habla con los muertos; ese recurso fantástico convive con algo menos visible: los padres apenas le ofrecen palabras para comprender lo ocurrido. Según ha explicado Corujo, le interesaba narrar qué sucede cuando la vida continúa después de un hecho traumático. El duelo no queda resuelto por el paso del tiempo; adopta otras formas, mientras la protagonista aprende a nombrar lo que antes solo alcanzaba a percibir.

Lo que cuentan los huecos

La construcción fragmentaria de Han cantado bingo exige atender a las pistas y a lo que queda sin decir. En algunos diálogos, las distintas caligrafías identifican a las voces sin que una explicación narrativa anuncie cada emoción. Corujo ha señalado que buscó deliberadamente esa participación del lector y que le interesaba limitar el lenguaje para trabajar con la estructura. Aunque la novela ha sido descrita mediante la etiqueta de realismo mágico, ella prefiere vincular sus elementos fantásticos con la tradición telúrica canaria y con las historias sobre volcanes que conoció al crecer. En su obra, imagen, territorio y palabra son modos de acercarse a aquello que los personajes todavía no saben expresar.