Alba regresa a Varela de Mar porque su abuelo empieza a olvidar y necesita ayuda. Lleva cinco años lejos, desde que un desengaño convirtió ese lugar en una herida. En El faro de los amores dormidos, Andrea Longarela une una responsabilidad familiar con el regreso a una historia que Alba habría preferido mantener a distancia.

Varela tiene poco más de doscientos habitantes y una playa que desaparece cuando sube la marea. Allí vive Enol, un joven fascinado por el movimiento del mar, y permanece un faro abandonado. La escala del pueblo y ese paisaje sitúan el reencuentro en un espacio donde volver significa encontrarse de nuevo con lugares y personas conocidas.

Dos historias amorosas que quedaron abiertas acompañan la vuelta de Alba. La novela parte de lo que sigue pendiente entre sus protagonistas para explorar la posibilidad de dar otro curso a sus vidas. El motivo de volver no es una promesa romántica: nace del cuidado de su abuelo y acaba acercándola a lo que había dejado atrás.