En 2011, Mar de Marchis irrumpió en la escena mediática española: todos hablaban de ella, pero nadie la había visto. Circulaban versiones distintas sobre su identidad y, aun así, consiguió atraer a escritores y políticos y hacerse un lugar en los medios. La bola, de Daniel Verdú, parte de ese enigma para contar una historia real con la tensión de una ficción.

Una presencia sin rostro

Desde su casa, Marchis fundó una revista y mantuvo una identidad esquiva. Las fotografías que enviaba mostraban a una joven cuya existencia no correspondía a la persona detrás de aquella voz. El contraste entre la identidad inventada y la influencia efectiva de sus ideas sostiene el relato: su figura plantea si fue una mente brillante, una impostora o el síntoma de un tiempo determinado.

La verdad y sus representaciones

El caso se despliega en un contexto atravesado por el anonimato, las redes sociales y la crisis de la verdad. Verdú convierte el misterio de Marchis en un retrato de una época en que la representación de la realidad empezó a resquebrajarse, y examina la distancia entre lo que se presenta como verdadero y aquello que otros están dispuestos a creer.