Theo llega sin explicar demasiado quién es ni por qué ha aparecido en Golden, una pequeña ciudad sureña. En la cafetería encuentra retratos a lápiz de vecinos que, hasta entonces, colgaban en sus paredes: imágenes que esperan a sus dueños y que pondrán en marcha una serie de encuentros.

Al comprar los dibujos y entregárselos a las personas representadas, Theo les pide que compartan su historia. Así, cada retrato funciona como punto de partida para confidencias: salen a la luz secretos y arrepentimientos, y los relatos compartidos alteran la vida cotidiana de quienes participan.

La novela de Allen Levi se articula como una sucesión de encuentros, con una estructura que avanza retrato a retrato y persona a persona. Su propuesta pone en primer plano la escucha y el efecto que puede tener dedicar atención a las experiencias ajenas, sin despejar de entrada el misterio que rodea a Theo.