Un médico que contempla la miseria sin poder remediarla ocupa el centro de El árbol de la ciencia. Andrés Hurtado comparte profesión con Pío Baroja, que ejerció brevemente en Cestona, pero la novela no se limita a reproducir una experiencia: enfrenta la formación científica de su protagonista con el dolor y los abusos que encuentra. Esa tensión entre conocimiento y acción da una entrada concreta a la escritura de Baroja. Sus novelas parten a menudo de lugares, oficios o historias reconocibles y los convierten en problemas narrativos diferentes.

Oficios y calles como materia narrativa

Antes de El árbol de la ciencia, la consulta ya había dejado huella en su trabajo. Baroja contó que escribió en Cestona casi todos los relatos de Vidas sombrías, publicados juntos en 1900. Tras abandonar la medicina, trabajó en una panadería madrileña con su hermano Ricardo, pintor. En Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox aparecen dos panaderos, uno médico y otro pintor: un eco de los oficios familiares dentro de la ficción. La correspondencia es visible sin necesidad de confundir a los personajes con sus modelos.

Baroja solía reunir sus novelas en trilogías y tetralogías de afinidad temática. La lucha por la vida, formada por La busca, Mala hierba y Aurora roja, desplaza la atención hacia los bajos fondos de Madrid. El escenario urbano enlaza tres libros y amplía el campo de lo observado: ya no se trata solo de reconocer un oficio trasladado a una historia, sino de situar varias narraciones en un mismo ámbito social. La presentación editorial de su obra identifica esta trilogía como la que le dio mayor notoriedad fuera de España.

En El árbol de la ciencia, tercera entrega de La raza, Baroja vuelve a la medicina desde otro ángulo. El recorrido de Andrés Hurtado comienza con sus estudios y se desarrolla ante una sociedad cuyas injusticias no sabe corregir. La sinopsis de la edición de Cátedra señala el conflicto entre determinismo fisiológico y rebelión moral: el saber del médico no resuelve por sí solo cómo actuar. Azorín consideró que esta novela expresaba especialmente bien el espíritu de Baroja; es el juicio de un escritor contemporáneo, no una explicación que agote la obra.

Del paisaje vasco a la historia familiar

Madrid fue solo uno de sus espacios literarios. Zalacaín el aventurero, publicado en 1908, pertenece al ciclo La tierra vasca. El vínculo de Baroja con ese territorio excedía el lugar de nacimiento: vivió en distintas ciudades y adquirió Itzea, una casa en la comarca del Bidasoa. Félix Maraña relaciona su mirada con el paisaje y la memoria vascos. Esa relación ayuda a situar una vertiente de su narrativa junto a la madrileña, sin reducir ambas a un mismo escenario ni a un mismo asunto.

La historia familiar proporcionó después un proyecto de otra escala. En 1911 Baroja comenzó a estudiar la vida de Eugenio de Aviraneta, pariente suyo y conspirador; de ese trabajo surgieron los veintidós volúmenes de Memorias de un hombre de acción. La serie muestra un punto de partida distinto del de los cuentos escritos en Cestona o las novelas ambientadas en Madrid: una figura histórica conocida por la familia se convierte en eje de una narración extensa. La variedad de esas formas explica mejor su trayectoria que una simple lista de títulos.

Una época conflictiva y la voz de las memorias

Baroja figura entre los autores de la Generación del 98, aunque, según Félix Maraña, no se sentía cómodo bajo esa etiqueta. Su individualismo tampoco se deja resumir en una adhesión política estable: expresó simpatía por el anarquismo, mantuvo posiciones anticlericales y no recibió con entusiasmo la Segunda República. Ingresó en la Real Academia Española en 1935. Al comenzar la Guerra Civil fue detenido durante un breve periodo y salió hacia Francia, donde pasó la mayor parte del conflicto.

De regreso en España, comenzó a escribir en 1941 Desde la última vuelta del camino, cuyas entregas aparecieron entre 1944 y 1948. La memoria personal pasó entonces a primer plano, después de décadas de novelas construidas a partir de ambientes, personajes e historia familiar. La guerra también entró en textos que tardaron mucho más en publicarse: Miserias de la guerra apareció en 2006 y Los caprichos de la suerte en 2015. Lejos de cerrar su obra en un solo género, esa etapa añadió el recuerdo autobiográfico y la experiencia del conflicto a sus maneras de narrar.