Tras salir de un centro de rehabilitación, Sofía vuelve a Castellón con una consigna acotada: resistir un día a la vez. La espera una vida atravesada por la adicción, una relación destructiva y la culpa por el daño causado a quienes la quieren.

Su recomienzo toma forma en gestos cotidianos —las terapias, los cuadernos y los paseos por una ciudad cargada de recuerdos— mientras recupera el contacto con su familia y con los amigos que la esperaban. La escritura también reaparece como una posibilidad: la acerca al periodismo y a una relación renovada consigo misma.

En ese recorrido aparece David, cuya presencia introduce en la vida de Sofía una manera distinta de relacionarse, basada en el respeto, la calma y una ternura que acompaña sin invadir. La novela sitúa así la recuperación no solo en dejar atrás el dolor, sino también en aprender a vivir y a vincularse de otra forma.